jueves, 15 de enero de 2009
miércoles, 14 de enero de 2009
jueves, 1 de enero de 2009
Verdades que se aceptan
"Eine neue wissenschaftliche Wahrheit pflegt sich nicht in der Weise durchzusetzen, daß ihre Gegner überzeugt werden und sich als belehrt erklären, sondern vielmehr dadurch, daß ihre Gegner allmählich aussterben und daß die heranwachsende Generation von vornherein mit der Wahrheit vertraut geworden ist."Max Planck
"Una nueva verdad científica no suele imponerse convenciendo a sus oponentes sino más bien porque sus oponentes desaparecen paulatinamente y (son sustituidos por) una nueva generación familiarizada desde el principio con la (nueva) verdad."Max Planck
miércoles, 24 de diciembre de 2008
3.
A finales de octubre el frío otoñal aún no había abrazado la ciudad.
El estudiante entró en la habitación, se deslió la toalla y se puso unos calzoncillos de licra negro. Descolgó de la percha unos pantalones vaqueros y una rebeca negra, y de uno de los cajones del armario sacó una camiseta. Al terminar de vestirse limpio sus gafas y cerró la ventana que daba a la rue des Gâtines.
De un portazo salió del piso y bajó las escaleras sin echar la llave. En el portal, junto a los buzones, se encontró a una anciana rechoncha, desataviada y desaseada que vaciaba en una bolsa de plástico azul los papeles del contenedor de reciclaje. Salió el joven diciendo —bon soir—, sin esperar la respuesta tardía de la vieja. Atravesó la puerta roja y cayó en la rue des Gâtines. Cruzó la calle disfrutando de la imagen: una hilera de coches parados, iluminada por las luces de frenos frente al semáforo rojo.
Bajó hasta la place Gambetta para coger el metro. En Père Lachaise cambió a la línea 2. Subió al tren y se sentó frente a una muchacha de exuberantes curvas. Su pelo de rizo natural parecía estar condenado de por vida a la gomina y a un repeinado moño en la coronilla. Su piel café moldeaba el contorno de un escotado y más que apetecible pecho, sus labios carnosos brillaban bajo la luz del blanco profundo de sus ojos. La chica incómoda por la mirada obscena del estudiante, se acariciaba las manos. Al llegar a Barbès-Rochechouart ésta se levantó cautivando, con su protuberante trasero, la atención del joven. Los deseos instintivos pisotearon cualquier ápice de razón: su lengua húmeda dibujando el placer desde su piel, negra y lisa, hasta los más intimos pliegues rosados.
De nuevo se puso en marcha el metro y el chico se preparó para bajar en la siguiente parada: Anvers.
Anvers era una de esas paradas en inglés, italiano o español. La magia del París de aquella zona se vendía en postales y souvenirs. Era difícil pasear por aquellas calles sin tener que sortear los miles de flashes de turistas, que pretendían llevarse a sus casas un trozo de la ciudad.
Subió las escaleras que daban al boulevard Rochechouart y encaró la calle que llevaba hasta el Sacré-Cœur. Caminó con la mirada en el suelo, absorto por alguna idea nueva. Al llegar a la rue Muller, sacó el teléfono móvil para mirar el código que tenía que teclear para acceder al edificio. Subió al tercero, saltando de dos en dos los escalones desnivelados, y llamó al timbre. Era curioso ver que en París los edificios se hacían viejos, y que una remodelación bastaba para hacerlos habitables. Parecía que ninguna constructora se planteara echarlos abajo para reconstruirlos desde el principio.
—¿Qué tal andáis chavales? —preguntó mientras se sacudía los pies en el recibidor.
—Pues aquí estamos... el cabrón de Adri ha llegado hace un rato y aún está en la ducha.
—¿Todavía?
—Quillo Pablo, ponle una cervecita mientras me visto, que ya he acabado de ducharme —gritó Adrián desde la ducha.
Se sentaron en un par de taburetes con las cervezas sobre la encimera de la cocina —tipo americana. La pieza, que servía tanto de salita-comedor como de habitación, tenía dos grandes ventanales que daban a la calle. La parte de la cocina estaba delimitada por la barra de madera junto a la que los chicos estaban sentados. Además, había una mesa con cuatro sillas y el sofá-cama en el que dormía Adrián.
Adrián entró en la habitación descalzo, con el torso descubierto, unos pantalones y la toalla liada a la cabeza.
—Lo siento, pero he estado en una reunión con el grupo de comunistas que os conté.
—¿Y qué tal ha ido? —preguntó el estudiante interesado.
—Pues muy bien, la mayoría son cuarentones pero aún tienen buenas ideas; aunque su principal objetivo en estos momentos sea captar a gente joven.
—Contigo lo han hecho bien, ¿no? —dijo Pablo.
—Hombre tampoco es que el Adri les vaya a servir de mucho, en junio se larga, y ya me dirás tú qué va a hacer desde España —dijo el estudiante.
Se deslió la toalla de la cabeza dejando al descubierto la melena mojada. Volvió a la ducha a por un cepillo y el secador, y se sentó junto a una de las ventanas. Enchufó el secador y comenzó el delicado ritual de secado y desenredado.
—Chavales, vaya negrita que me he encontrado en el metro —dijo el estudiante— era toda carne y fertilidad. Me senté frente a ella, y os lo juro, no podía quitar la vista de sus pechos, increíbles. Un descaro...
Comenzaron a reírse los amigos.
—Es que eres un guarrón —dijo Pablo.
—Illo, por más que intentaba mirarle las manos o perder la vista en el fondo del vagón —continuó el estudiante— oía su piel llamándome. Yo creo que se coscó. Pero os lo juro era toda sexulidad, esos pechos turgentes de mamá...
—Pablo, seguro que la pinta como a una diosa y no era más que una tía normal —desdeñó Adrián.
—Pues seguro —aceptó el estudiante— ya sabéis que a mí me gustan todas. Ahora, lo mejor es cuando la tipa se levantó... un culo. ¡Dios! desmesura absoluta; os juro que lo único que se me pasó por la cabeza fue bajar esos pantaloncitos, dar un par de besitos en sus nalgas y metérsela sin parar...
Los chicos no paraban de reír,
—Quillo, tú mejor que te la menees en la ducha antes de salir... —propuso Adrián.
—¡No hombre! tan mal no estoy.
—¿Qué no? —preguntó Pablo dando la razón a Adrián.
—Bueno —siguió el estudiante—, lo mejor es que cuando ya me imaginaba metiéndosela —se puso en pie y se miró los genitales— me di cuenta de que mi tamaño no era suficiente. —De nuevo risas— yo la tendré pequeña, pero para penetrar los cachetes de ese culo tan respingón se necesita un rabo africano... Sí, vosotros reíros pero eso tiene que ser algo evolutivo. Supongamos que en los orígenes del hombre el modo natural de procrear fuera meterla por detrás, que por otro lado, no sería de extrañar. Pensad que ésa es la postura en la que más atento a los peligros se puede estar. Pues nada, tú ponte que estás ahí dándole por detrás, a una con el culo de la tipa del tren, con los cachetes golpeándote en el pubis y el abdomen —mientras tanto el joven reproducía los movimientos con las caderas—. Ahora si tu pene no da la talla, ella ni se entera; pero peor aún ¿cómo transmites tu información genética?.
Los chavales se descojonaban con las payasadas del estudiante.
—Sí, pero es que creo que es así: el tamaño de los penes, según la raza, ha de depender del abultamiento de los traseros de las hembras. ¿Cómo tienen los orientales el pene? ¿y qué pasa con el culo de las orientales? que son totalmente planos, ¿no?. Y por supuesto, ¿qué pasa en el caso de la raza negra? —explicó el estudiante.
—Chaval, deja ya las matemáticas que te están haciendo perder los pocos pelos que te quedan —sentenció Pablo.
—¿Os parece ilógico?, no creo que sea ninguna locura. Sólo los más aptos transmiten su información genética, y dime tú, si la barrera carnal es grande, cómo la superas en esa postura con un pene que no tiene el tamaño suficiente. Yo creo que para que los penes pequeños se hayan mantenido a lo largo del tiempo, los traseros han tenido que ir perdiendo el abultamiento —esbozando una sonrisa al finalizar la explicación—... y ahí tenéis como ejemplos a africanos y orientales.
Al finalizar las carcajadas Adrián apagó el secador, lo desenchufó y lo dejó, junto al cepillo, sobre el sofá. Terminó de vestirse y preguntó mientras se ponía el cinturón
—¿Nos vamos ya?
—Yo estoy listo —dijo Pablo dando el último trago a su cerveza.
—¿Y dónde me lleváis? —preguntó el estudiante antes de acabar con su cerveza.
—A un bar en Pigalle que se llama Café des Artistes, estuvimos hace un par de noches por allí y había un ambiente cuarentón muy guapo.
Salieron del piso los tres jóvenes con dirección a Pigalle.
Nota: estas fotografías se expusieron en la Fundación Canal en Madrid, pertenecen a una exposición llamada Ocultos.
lunes, 22 de diciembre de 2008
Una foto sin colores, sólo de texturas
"La clave: no intentar conducirte a ti mismo, sino conducir discretamente a aquello que te conduce. Lo atisbas sólo con artes indiscretas."Jorge Riechmann
La piel de mi cabeza suave, recién afeitada.
Pinceladas negras sobre los ojos, sangre carne los labios
y pelirroja la barba que cubre mis mejillas.
Largo y macilento,
sólo mis vellos colorean mi cuerpo desnudo.
Finas y delicadas,
casi guantes de fémina son mis manos.
Solo, con una bufanda y un poema
bajo el sol de invierno,
sin paraguas entre las lluvias de primavera,
olor a mi tierra húmeda.
Entusiasmado por las ideas desinteresadas:
creatividad sin fronteras ni aranceles, conocimiento libre.
Micción sobre lo que escribieron los antiguos
para que los de ahora no lo podamos cambiar,
¡reescribamos sin complejos nuestra forma de organización!
Miedo de los estados que olvidan al individuo
y los derechos de éste sobre su cuerpo y vida.
Libre asociación, lícita escisión
la de quienes quieran ser ellos mismos.
Laico mi mundo, laicistas mis ideas.
Decepcionante democracia la española
que premia la concentración de votos,
acepta la sangre azul y prohíbe ideas.
Evolución no darwiniana,
matemático de pasión y frustración,
discreta la energía, discreto el espacio-tiempo.
Corazón estigmatizado con la hipocondría
espero que la vida infinita siga desequilibrando a la muerte.
Miedo a la vida frágil, miedo a la muerte siempre.
miércoles, 3 de diciembre de 2008
A media noche, cuando el despertdor suene
Foto extraída de la bitácora Gritos en silencioHoy la he visto frente a mí,
repetida en miles de rostros anónimos.
Cenicienta ha dejado su cuento de princesas
para llenar de ilusiones rotas las noches de Madrid.
En el sofá,
Cenicienta escucha al hada María
tras la llama del mechero
y entre el humo denso, casi impenetrable,
de la primera calada.
Recuerda sus días de princesa postergada
porque al cerrar los ojos
el hechizo del hada María borrará, por unas horas,
la vida que maldice
y el camino que alejó sus sueños.
Cenicienta corre desnuda
a llenarse del hombre que no encontró,
a besar los labios húmedos de la mujer que amó.
Se viste con las galas y zapatos de quien quiso ser
porque a media noche, cuando el despertador suene,
volverá de nuevo a su injusta realidad.
viernes, 14 de noviembre de 2008
2. La Fontaine, 20 rue de la Grange-aux-Belles, 75010 Paris
Llegué a Colonel Fabien un par de minutos antes de la cita, no quería hacerla esperar en la calle con aquel frío. Me apoyé, con las manos en los bolsillos, sobre la jamba derecha que adornaba la entrada al metro. Desde ese ángulo podía seguir con toda discreción el camino de cada una de las chicas que salían del metro. Me encantaba fijar la mirada tras de sí, e imaginar que por azar volvían su cara y me encontraban. Jugaba a adivinar qué había al final de sus pasos, trataba de entender por qué el ritmo de sus pies o hacia dónde dirigían sus ojos. A veces, me imaginaba compartiendo una cervecita con alguna de ellas, bastaba con que al subir nos miráramos y cruzásemos una sonrisa.
Miré escaleras abajo, hacia la puerta que se abría con el alboroto de los que llegaban, esperaba encontrarla tras el tumulto. Entre los rezagados hubo un joven ciego que llamó mi atención. Es increíble cómo puede alguien, únicamente a palazos, desenvolverse en una ciudad como París. Subió con su bastón ligeramente levantado, parecía conocer cada uno de los escalones que había dejado atrás. Al llegar arriba apoyó el bastón sobre el suelo y giró a su izquierda. Me habría perdido embelesado por el andar, decidido y certero, de aquel joven de no haber sido porque la esperaba.
De nuevo, el alboroto de los que llegaban me hizo mirar hacia la puerta que se abría. Ahí estaba ella, enfundada en un abrigo negro largo, con una bufanda morada y el pelo suelto por encima.
—Perdona por el retraso —me dijo.
—No importa, sólo han sido un par de minutos.
—Sí, pero un par de minutos de espera con este frío pueden ser una tortura —me dijo para que aceptara sus disculpas.
—¿Vamos? a ver si tenemos suerte y cogemos sitio —le dije para apresurarnos.
—¿Por dónde? ¿por allí? —me preguntó perdida, como si quisiera dejarse llevar entre las calles de una ciudad nueva.
Bajamos la rue de la Grange-aux-Belles hasta llegar a La Fontaine.
Al entrar, nos dirigimos directamente hacia las mesas, haciéndonos hueco entre los que estaban de pie. Conseguimos dos sillas en la esquina derecha, junto a la barra. Estábamos un poco apretados pero teníamos más intimidad que en cualquier otro sito. El camarero se acercó para ver qué tomábamos.
—¿Te apetece una copita de vino? —me preguntó.
—Sí —le respondí.
Sin dudar se dirigió al camarero elevando la voz por encima de la música:
—Deux verres de Bordeaux de Saint-Emilion, s'il vous plaît.
—Muy buena elección Madame —le dije sonriendo.
—¿Lo conocías? —me preguntó.
La verdad es que sólo conocía el nombre, pero qué mejor momento que aquél para probarlo.
—¿A quién hemos venido a ver? —me preguntó mientras guardaba la bufanda.
—Ves la chica morena con gafas que está liándose el cigarro, pues a ella.
—¿No es muy joven?
—Espera a verla con las baquetas en las manos y ya me dirás —le dije presentando a la joven superdotada.
El camarero se acercó con las dos copas de vino. Esperé a que ella cogiera la suya y las alzamos, cruzando nuestras miradas para brindar. Me perdí entre el brillo de sus ojos y la carne roja de sus labios, se detuvo el tiempo para que disfrutara de las facciones que la edad, tan delicadamente, había esculpido sobre su rostro. Con una sonrisa cómplice apartó su mirada para devolverme a la realidad. Di el primer sorbo con la intención de que el vino hiciera fluir los pulsos de sangre que se acumulaban en el bajo vientre.
—Bueno, ¿y cómo es que decidiste venir a Francia? ¿te apetecía vivir en París?—me preguntó.
—¿Apetecerme vivir en París? pues sí, pero tanto como me apetecía vivir en cualquier otro lugar que no fueran ni Utrera ni Sevilla. Para mí París no tenía nada de especial antes de venir, y la verdad aún dudo que lo tenga. La historia es que quería seguir con el doctorado en el extranjero pero no tenía ni idea dónde, así que fui a hablar con uno de mis profesores. Creo que él hizo su tesis aquí así que fue clara su recomendación...
Quitaron la música del equipo para dar comienzo al concierto. Las primeras notas del piano salieron en una melodía lenta y cadenciosa. Bastaron unos segundos para entrar en mi burbuja y olvidarme del concierto. Corrían por mi mente todo tipo de fantasías dodecafónicas y pensamientos síncopados. Nada parecía existir tras la cortina invisible que me rodeaba; su olor, cuarentena destilada en perfume, era el único contacto con la realidad. Así se sucedieron tema a tema ritmos irrepetibles y lineales propio de aquellos miércoles en La Fontaine. Como era de costumbre, justo antes de la última pieza el camarero salió con la gorra para recaudar algunos euros para los músicos.
Al acabar el concierto y mientras salíamos del bar le pregunté:
—¿Qué te ha parecido?
—No sé... creo que el jazz moderno ha roto mis esquemas musicales.
—¿No te ha gustado? —le pregunté desilusionado.
—Sí... ha sido un momento muy especial, pero mis oídos no están del todo hechos a estas melodías.
—La verdad es que tampoco sé yo si estoy preparado para entender esta música, pero es cierto que abre nuevas puertas en mi imaginación. No sé si vengo a estos conciertos por la música o por la búsqueda de nuevas ideas.
—Vamos, que tú tampoco le has prestado atención a la música —dijo desestimando mis palabras.
Una vez en la puerta y abrazados al frío de finales de enero le pregunté qué le apetecía hacer:
—Vivo cerca de aquí, y en casa tengo una botella de vino, ¿quieres venir y nos tomamos la última?
—¿A tu casa? —preguntó sonriendo y algo deseosa— ¿pero tú qué quieres, que me metan en la cárcel por coquetear con jovencitos?
—Será sólo una copita... pero no te preocupes que ya he cumplido los veintitrés —respondí guiñándole el ojo.




